La UNESCO considera a la educación inclusiva como una estrategia clave para alcanzar la Educación para Todos, partiendo del hecho de que la educación es un derecho humano básico y fundamental de una sociedad más justa e igualitaria.
La inclusión está relacionada con el acceso, la
participación y los logros de todos los alumnos, con especial énfasis en
aquellos que están en riesgo de ser excluidos o marginados por diferentes
razones, concebida así; se convierte en responsabilidad del Estado y del
ministerio de educación o dependencia relacionada, y no de alguna subdivisión
asignada exclusivamente a la educación especial (Blanco, 2006; UNESCO, 2005).
En la inclusión el objeto de la innovación no es el
niño, sino el sistema educativo, la escuela, la comunidad en general. Por tal
motivo el progreso de los alumnos no depende sólo de sus características
personales, sino del tipo de oportunidades y apoyos que se les brindan. Algunos
ejemplos pueden ser: la escasez de recursos materiales, la rigidez en la
enseñanza, la formación de los profesores, la falta de trabajo en equipo, las
actitudes de todo el personal, la falta de cooperación de los padres, entre
otras.
La
inclusión alude a la participación y a los valores de la comunidad y centra su
atención en todos los alumnos sin distinción alguna de raza, discapacidad,
nivel socioeconómico, género, religión, circunstancias familiares, personales,
etc. De acuerdo con Booth y Ainscow (2002), es un enfoque diferente para
identificar y resolver las dificultades que surgen en la escuela.
¿Qué es la Cultura inclusiva?
Uno de los elementos claves en la inclusión educativa
se refiere a la cultura, este término, tan coloquial y común para algunos, ha
sido motivo de controversia y confusión en relación con su definición debido a
que abarca diferentes actitudes, actividades y participantes, sin embargo, es
fundamental cuando se hace referencia a la inclusión en general y
particularmente la inclusión educativa, motivo de estudio del presente escrito.
Pero
¿Qué es cultura?, algunos autores (Hartasánchez, 2002; Ossa, 2008; Ossa,
Castro, Castañeda y Castro 2014) retoman la definición que se hace desde el
ámbito organizacional y por lo tanto consideran a la escuela como una empresa.
De esta manera la cultura es entendida como “el conjunto de reglas, símbolos,
creencias y valores compartidos por todos los miembros de un equipo o grupo
humano, que le proporcionan la cohesión necesaria para trabajar armónicamente
hacia la consecución de los objetivos comunes” (Hartasánchez, 2002, p.1).
De tal manera que, si hablamos de cultura inclusiva
escolar, podríamos entender que se refiere al conjunto de reglas, símbolos,
creencias y valores compartidos por el personal de la escuela, los estudiantes,
los miembros del Consejo Escolar y las familias, que le proporcionan la
cohesión necesaria a la escuela para trabajar armónicamente hacia la
consecución de los objetivos comunes.
La
cultura escolar, de acuerdo con García y Aldana (2010) es posible identificarla
a través de la observación detallada de lo que ocurre en la escuela, los
diálogos con los de docentes, las prácticas del aula, las vivencias de los
alumnos, las expectativas y dificultades de los padres, así como la observación
de los niveles de gestión, organización y liderazgo. Con otra perspectiva Ossa,
Castro, Castañeda y Castro (2014) señalan que las normas, ideas y valores se
pueden manifestar en dos dimensiones: la abstracta referida a fundamentos conceptuales
intangibles, como los valores e ideologías que comparten las personas, y la
dimensión concreta o manifiesta, que se relaciona con productos objetivos como
el currículo, lenguaje y las instalaciones. Lo cierto es que existen diferentes formas o tipos de culturas, que se
han clasificado con el propósito de estudiarlas. Algunos retoman modelos de
organización de las instituciones y las denominan como cultura de la burocracia
racional, burocracia profesional y adhocracia (MacKinnon y Brown, 1994). Según
estos autores la adhocracia favorece los procesos de educación inclusiva al
identificar que es en ésta cultura en donde se confía en el profesionalismo de
sus empleados, se evitan procedimientos estandarizados, se fomenta la
adaptación de recursos a cada situación, se comparten conocimientos y se crean
soluciones colaborativamente.
Un
aspecto más que vale la pena resaltar es que la cultura no es estática, es más
bien dinámica, cambia y se nutre de todos los participantes en ella, de tal
manera que se puede afirmar que las acciones, creencias y valores de todos
tienen un impacto multidireccional en cada uno, creándose redes de comunicación
que pueden influirse entre ellas y por lo tanto cambiar.
En
el caso de la inclusión educativa se considera que la cultura es una de las
partes fundamentales y que, en consecuencia, se debe identificar y trabajar en
primera instancia por cualquier centro escolar que tenga interés en
considerarse inclusivo. La escuela debe ser considerada como una estructura
social que responde a características de los diferentes contextos que la
conforman (Ossa, et al., 2014) y debe responder a la imperiosa necesidad social
de proporcionar educación a todos los alumnos que la soliciten en un ambiente
donde prevalezcan prácticas organizativas, de enseñanza y de gestión solidaria,
cooperativa y respetuosa con la diversidad (López, 2013), formando una nueva
cultura escolar donde la interacción y la colaboración pongan de manifiesto un
clima de aceptación del otro, respetando las particularidades de cada uno.
Es necesario resaltar, que para que una escuela sea inclusiva el que se vaya construyendo un consenso en torno a los valores inclusivos en toda la comunidad escolar; proponen que los directores sean seleccionados y entrenados de acuerdo con los valores inclusivos y con su capacidad de dirigir en forma participativa; así mismo señalan que la políticas gubernamentales deben apoyar a la escuela y su dirección. Mencionan algunos principios generales para la organización escolar y la práctica docente, recomendando la eliminación de las barreras de aprendizaje entre los diferentes grupos de estudiantes y el personal; el desmantelamiento de programas, servicio y especialidades aisladas; el desarrollo de enfoques pedagógicos que permitan a los alumnos aprender juntos; y el establecimiento de relaciones con los padres y la comunidad basada en los valores de la inclusión.
Con base en lo anterior se puede afirmar que, para que se manifieste una inclusión educativa es necesario desarrollar sistemas y escenarios que respondan a la diversidad y en donde se valoren a todas las personas, además se reconoce que en cada centro escolar se puede manifestar la inclusión de manera diferente, y por lo tanto, la cultura será particular en cada uno y se deberán incorporar los valores inclusivos que se vayan determinando por parte de toda la comunidad educativa (Ainscow y Miles, 2008; Muntaner, 2010).
Queda además claro que la cultura escolar inclusiva se
va resignificando y se transmite todos los días en la cotidianeidad, entre
todos los miembros de la comunidad escolar y que a través de ella se puede ir
dando un cambio en el conjunto de creencias y valores (Booth, y Ainscow, 2002;
Loaiza, 2011).
La cultura inclusiva debe ser el “telón de todas las
posibilidades educativas construidas y por construir para atender las
diferencias individuales de aprendizaje de todos los alumnos” (Loaiza, 2011, p.
174). Para ello, se considera indispensable que se lleve a cabo un cambio en
las actitudes y relaciones entre todos los miembros involucrados: directivos,
profesores, alumnos, padres y comunidad en general que lleven a fortalecer los
vínculos de comunicación y colaboración entre ellos formando redes de apoyo que
poco a poco lleven hacia una verdadera inclusión.
Es
evidente que el camino hacia la inclusión educativa implica un proceso en el
cual cada país ha de recorrerlo de acuerdo a sus posibilidades. Se reconoce que
un cambio no puede ser rápido y radical, sobre todo en aquellos países en donde
las economías, políticas y culturas no han hecho valer el derecho a la
educación de todos, o en aquellos, en los que su economía es tan deficiente que
tienen otras prioridades, como la salud y la alimentación.
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